| Los medios de comunicación |
![]() Foto: Pedro Menéndez Javier Ruiz
Es licenciado en Periodismo y ha realizado estudios de posgrado en Economía Internacional en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Durante su estancia en esta ciudad trabajó como analista financiero en Merrill Lynch hasta el año 2002. Como periodista comenzó su andadura en el programa Hoy por hoy de la Cadena SER. También dirigió el informativo de Economía y Bolsa Hora 25 de los Negocios y en la actualidad es subdirector de Informativos de la emisora de televisión Cuatro, donde presenta las noticias del mediodía. ¿Por qué la crisis ha sido tan inesperada? Porque la gente ignora las predicciones que no le gustan.
En los capítulos anteriores hemos visto cuáles son las locuras de la economía y de la Bolsa y cómo pueden explicar buena parte de los sinsentidos en que incurrimos a diario. Hemos comprobado también que no es locura todo lo que reluce. Además, existen los accidentes económicos. E incluso hemos observado cómo la sinrazón se puede utilizar como coartada para disfrazar lo que es, simplemente, una mala organización económica que sí sigue la lógica. Los medios de comunicación debieran ser guardianes de esos matices. A ellos corresponde vigilar y denunciar qué es locura y qué accidente o camuflaje. Sin embargo, los espejismos y los desvaríos también han alcanzado a sus redacciones. Sólo así se explica que ninguna haya prevenido a sus propias empresas de una crisis que puede terminar sepultando a algunos medios. Los grandes imperios mediáticos no sólo no previeron la crisis, sino que, además, se embarcaron en aventuras millonarias y proyectos de expansión justo antes del frenazo económico. The New York Times Co. —dueña del diario más importante del planeta— gastó 65 millones de dólares en comprar la mitad del International Herald Tribune (1) que no poseía y otros 2.700 millones de dólares en recomprar acciones propias en el momento más caro del mercado. Inmediatamente después sus ingresos comenzaron a desmoronarse a ritmos del 14,2 por ciento en 2008 y de un 19,5 por ciento en dos años. La consecuencia inmediata fue tener que endeudarse con créditos cercanos a la usura que rozaban el 14 por ciento de interés. El ejemplo evidencia que los medios no actuaron con malicia o con afán de ocultar la crisis sino que la mayoría de ellos tampoco fue capaz de verlo venir. Pero el desánimo de los pocos medios de comunicación que sí advirtieron de los riesgos es todavía mayor al comprobar que sus advertencias fueron ignoradas y que pasarán a la historia como aquellos que nunca pasaron a la historia. Nadie les oyó, porque nadie quería oírles. En la ilógica de la economía el último eslabón lo representan quienes la cuentan. Propósito de enmienda
Si es usted fan del Madrid y ha visto un partido contra el Barça junto a un amigo culé (sí, ya sé, todos tenemos amigos con problemas), entenderá más fácilmente de qué vamos a hablar. Cuando Iker Casillas desvía el balón bajo los palos, la pelota acaricia la raya pero no termina de entrar y su amigo empieza a gritar “goooooool” es el momento más claro de por qué la economía se avería de vez en cuando. Usted lo mira, aplaude al portero y grita “noooo” para que incluso sus vecinos sepan que la pelota, en realidad, no ha entrado. El árbitro da la razón al Madrid. “¡Como siempre!”, grita su amigo. Y empieza una larga discusión sobre si ha habido o no gol que dura hasta el café del lunes. Es el punto de vista de dos personas que parecen haber visto dos partidos distintos. Cada uno ha visto lo que ha querido ver.
En economía ese Madrid-Barça se llama sesgo de la confirmación y significa que en la mayoría de ocasiones sólo estamos dispuestos a escuchar y aceptar aquella información que refuerza lo que ya pensamos. Tendemos a ignorar o menospreciar aquello que nos contradice. Teóricamente, el valor de la nueva información es siempre el mismo y, según la teoría del mercado perfecto, las nuevas evidencias son las que sirven para que algunos productos cambien de precio y se alteren las perspectivas de futuro en el mercado. Sin embargo, nuestra subjetividad hace que no toda esa información valga lo mismo. Nuestra locura tamiza las noticias y nos permite dar peso a las que se ajustan a nuestros prejuicios mientras preferimos ignorar las que nos incomodan.
Quizá así se pueda entender parte de lo que ha ocurrido en la crisis actual y se pueda explicar por qué casi nadie advirtió las señales que apuntaban a un cambio de rumbo económico. El sesgo de la confirmación o la subjetividad se han hecho ya hueco en la línea editorial de diarios tan fieles a la ortodoxia económica como Financial Times, que admite que los factores psicológicos explican, a veces, tanto como las matemáticas. El pasado 30 de diciembre este periódico publicaba en portada —destacándolo justo bajo su cabecera— un artículo que concluía: “¿Por qué la crisis ha sido tan inesperada? Porque la gente ignora las predicciones que no le gustan”.
John Kay (2), uno de sus economistas estrella y una de las grandes figuras de la London School of Economics, afirma: “Aunque la gente pide predicciones de forma constante, rara vez quiere la respuesta […] busca reafirmación y garantías en lugar de visión de futuro”.
![]() Semejante afirmación rompe con la línea económica que ha regido hasta la década de 1980. Tradicionalmente, se ha pensado que cuando cambiaban los datos, de forma lógica se alteraban los pronósticos. Los economistas habían hecho famosa una cita de Keynes que, en un debate parlamentario, recibió la acusación de un diputado de defender justo lo contrario de lo que propugnaba unos meses antes. Keynes contestó: “Han cambiado las cosas. Cuando cambian las circunstancias, yo cambio de opinión. ¿Usted, no?”.
Ahora se empieza a cuestionar que la nueva información altere las conclusiones. Se pone en duda al evaluar, por ejemplo, actitudes sobre la pena de muerte. Un equipo de economistas (3) presentó en 1979 los mismos informes a partidarios y detractores de esa condena. Quienes eran contrarios a las ejecuciones concluyeron que los estudios que coincidían con su punto de vista eran coherentes, sólidos y estaban bien argumentados mientras que los contrarios a su opinión eran considerados como informes con serios fallos. Quienes pensaban lo contrario respondieron exactamente a la inversa.
Las mismas conclusiones se han obtenido de forma consistente desde entonces. En el escándalo de Clinton con Monica Lewinsky, a la pregunta de si el presidente debía comparecer ante un Gran Jurado, se podía prever cuál iba a ser la respuesta en el 90 por ciento de las ocasiones sólo con dos contestaciones previas del entrevistado: su simpatía hacia Bill Clinton y su simpatía hacia el Partido Demócrata (4). Quienes se mostraban cercanos a Clinton rechazaban su enjuiciamiento.
La última prueba ha sido la del escándalo de Abu Ghraib. Ante la opción de acusar o no a un soldado que admitía haber torturado a prisioneros porque sus superiores se lo habían ordenado, las evidencias que se presentaban resultaban ser lo de menos en la decisión de los encuestados. Tres factores previos a esas evidencias explicaban el 84 por ciento de las condenas o de las absoluciones: su simpatía hacia el Partido Republicano, hacia el ejército americano y hacia grupos de derechos humanos como Amnistía Internacional. Quienes mostraban apego al Partido Republicano absolvían en nueve de cada diez ocasiones. Quienes simpatizaban con Amnistía Internacional condenaban en el 84 por ciento de los casos (5). Las evidencias —iguales para todos— parecen ser menos importantes que los prejuicios. Eso también se aplica a la economía.
Los prejuicios del dinero
Desde el punto de vista de política económica ese sesgo puede explicar muchos de los roles políticos y muchos de los golpes que la realidad da a las previsiones oficiales. Los Gobiernos tienden a hacer previsión con un optimismo no necesariamente malicioso mientras que los partidos de oposición tienden a ver lo que buscan: signos negativos más claros. Cada uno da más valor a lo que refuerza sus posiciones previas. Así que cuando vuelva a escuchar a uno u otro líder político quizá deba conceder a ambos el beneficio de la duda: los dos pueden estar diciendo la verdad, cada uno la suya.
Desde el punto de vista bursátil existe la misma inclinación a exagerar lo que concuerda con nuestra perspectiva y a desdeñar lo que nos contraría. El problema es que ese efecto suele saldarse con dinero perdido. Imagínese siendo accionista de una empresa. Ha comprado esas acciones porque cree en su potencial y está seguro del futuro de la compañía. Si es fan de esa empresa como lo era del Madrid, las informaciones de la prensa que adviertan de sus riesgos serán minusvaloradas de forma rápida. Las que anuncien posibles subidas serán recortadas y subrayadas mentalmente. El sesgo de la confirmación invita —en la práctica— a ignorar todas las señales de alarma. Así que la próxima vez que alguien se pregunte ¿cómo nadie pudo ver la crisis que se nos venía encima? añada la pregunta de ¿le interesaba a alguien verla?
Lo que puede parecer una simpleza económica siembra, sin embargo, una enorme duda práctica entre quienes se dedican a publicar las noticias que, en teoría, mueven el sentido de las Bolsas y que mantenían viva la idea del mercado perfecto (aquel que incorporaba inmediatamente al precio cualquier noticia): ¿sirve para algo la información?, ¿están sobrevaloradas las noticias?
Resulta absurdo defender un mercado ciego donde la información no tenga ningún valor. Sin embargo, parece igualmente complicado defender la posición contraria: la de que sólo la información sirve para mover los precios de los valores y los engranajes de la economía. Frente a la teoría racional todo apunta a que no sólo la información mueve las Bolsas.
De hecho, el antiguo secretario del Tesoro estadounidense y actual consejero económico del presidente Obama, Lawrence Summers, publicó en 1989 un estudio que analizaba la respuesta de la Bolsa a las principales noticias mundiales. Las conclusiones son asombrosas: Summers concluía que hay ocasiones en las que, efectivamente, el impacto mediático provoca, además, un impacto bursátil: el infarto de Eisenhower desplomó los parqués un 6,62 por ciento; los ataques a Pearl Harbor hicieron perder a las Bolsas más del 4 por ciento de su valor. Sin embargo, en general se observa que las grandes noticias tienen pequeños recorridos en los mercados de valores. Los grandes acontecimientos de la historia americana reciente apenas han movido su índice principal: el Standard & Poor’s.
Summers coincide con una de las leyendas del mercado: Victor Niederhoffer (6), un mítico director de fondos en Wall Street. Según su análisis, las grandes noticias (las que merecían grandes titulares en The New York Times) sólo provocaban grandes subidas del mercado en el 10 por ciento de las ocasiones y grandes bajadas en otro 10 por ciento de los casos. En el 80 por ciento restante apenas había reacción de los mercados de valores. Desde entonces muchos otros análisis han llegado a la misma conclusión: las noticias apenas explican una tercera parte de la variación del precio de las acciones (7). Los movimientos mayores de las Bolsas se producen en días con noticias menores.
De hecho, la información contribuye más al nerviosismo que a la estabilidad de los precios. En las jornadas que esos economistas revisaron la volatilidad de los mercados (la horquilla que marca las cotizaciones máxima y mínima de una acción en una misma jornada bursátil) tendía a agrandarse, lo que significa que hay compras y ventas en los extremos de los precios, pero que, al terminar el día, el saldo de la información suele ser neutro. Las noticias pueden no alterar el precio pero sí los nervios.
Quienes cuestionan el impacto de la información en la Bolsa han apostado por otro sistema de observación que lleva a conclusiones parecidas. El análisis de los mayores saltos en las cotizaciones no encuentra un gran titular o una gran información a continuación. Más bien son noticias aparentemente triviales las que explicaron esos movimientos en su día en las páginas de la prensa.
La conclusión es, pues, inevitable: los grandes movimientos en los precios no parecen tener sólo grandes titulares detrás.
Por qué no importamos... y por qué no importa
Para la prensa resulta muy complicado aceptar su irrelevancia (por relativa que ésta sea), así que los diarios y sus analistas económicos han desarrollado teorías más o menos coherentes que justifiquen lo ocurrido. Hasta el momento dos han llegado a la misma conclusión defendiendo justamente lo contrario: la que podemos denominar teoría más que racional y la que podemos bautizar como del mercado imperfecto.
El argumento pluscuanracional dice que los precios en las acciones varían en cuanto una información se hace pública. Ni siquiera es necesario esperar a que la publique un medio de comunicación o la analice al día siguiente la prensa. Las noticias son como descargas de energía. Producen un impacto inmediato. Así que, argumentan los defensores de la racionalidad extrema, los medios pueden llegar tarde o incluso haber publicado ya informaciones que pasaron inadvertidas al ojo inexperto pero que los observadores cualificados sí saben explotar con rapidez. Ese argumento asume que todos los inversores están prestando atención constante a la información y analizando su letra pequeña. Asumir razón no sólo absoluta sino también constante puede ser un ejercicio de fe excesivo.
Quienes trabajan en los medios sostienen, en su lugar, la teoría del mercado imperfecto. Los profesionales del periodismo saben cuántas veces son ignorados, malentendidos o cómo la audiencia sólo recuerda “la corbata torcida” tras publicar una información. La mayoría de ellos, junto a los nuevos economistas argumentan que en la información hay mucho espacio para la subjetividad y que las noticias no funcionan como descargas de energía, sino como corrientes de agua o cascadas de atención. El economista Robert J. Shiller (8) explica el mecanismo poniendo como ejemplo una noticia que la prensa no puede haber adelantado sin saberlo, una información imprevisible: un seísmo en Japón.
El 17 de enero de 1995 a las 5.46 horas un terremoto de 7,2 grados en la escala Richter sacudió Japón. La ciudad de Kobe quedó absolutamente destrozada. Fue el peor temblor de tierra vivido desde 1923. El terremoto se cobró 6.425 vidas y miles de heridos más. Según las estimaciones del Centro Industrial para la Renovación de Kansai, los daños totales causados por el seísmo alcanzaron los cien mil millones de dólares. Nadie podía haberlo previsto. Ninguna pequeña información pudo ser aprovechada con anterioridad por un inversor avispado. Lo ocurrido era completamente externo al clima económico y, sin embargo, la Bolsa no reaccionó. No actualizó sus precios con la noticia. Su caída ese día fue minúscula. Los índices apenas perdieron unas décimas porcentuales y la cotización de las empresas constructoras llegó incluso a subir ante la posibilidad de que aumentara la demanda de sus servicios para las labores de reconstrucción. Esas labores —argumentaron entonces algunos analistas— podían incluso estimular la economía japonesa.
Pero, cuando los diarios siguieron informando sobre la tragedia y las fotografías de la destrucción se hicieron omnipresentes, la Bolsa terminó por venirse abajo. El 23 de enero (una semana después del terremoto) el índice Nikkei se dejó un 5,6 por ciento en un solo día, en una jornada por cierto sin grandes noticias ni referencias financieras. En los diez días siguientes el mercado japonés perdió otro 8 por ciento de su valor. El impacto en los mercados internacionales fue todavía más sorprendente. No hubo ninguna reacción el día en que se produjo el terremoto. Cuando, finalmente, la Bolsa japonesa se desplomó, también cayeron otros mercados: el FT-SE 100 de Londres perdió un 1,4 por ciento; el CAC-40 en París, un 2,2 por ciento; el DAX alemán, un 3 por ciento, y las Bolsas de Argentina o Brasil, más del 3 por ciento.
El mecanismo real de interacción entre los medios de comunicación y los mercados parece ser, más bien, el de una cierta creación de estados de opinión. Sólo cuando generan consensos se producen las reacciones. Es la bola de nieve que genera la información y no la información en sí la que parece tener efectos sobre el mercado. El valor de una sola noticia se diluye.
De hecho, si uno relee los titulares de las grandes crisis puede comprobarlo. Los días 18 y 19 de octubre de 1929 —en los que la Bolsa perdió un 12,8 y un 11,7 por ciento adicional de su valor respectivamente— los principales periódicos americanos respiraban optimismo y hablaban de problemas menores. The New York Times explicaba lo ocurrido como una momentánea “pérdida general de confianza” y The Wall Street Journal decía que “los negocios, en general, no presentaban signos de desintegración” y que la caída se debía, únicamente, a la “necesaria liquidación de algunas cuentas en apuros” (9). El lunes negro en que se produjo el crack The Wall Street Journal abría su portada con un editorial en el que comenzaba diciendo que “todo el mundo en posiciones de responsabilidad afirma que las condiciones económicas son sólidas” (10). La bola de nieve siguió creciendo a medida que los medios fueron reajustando su percepción. No hubo ningún titular que pudiera ser considerado el detonante de la crisis. Sí, una mudanza progresiva hacia el pánico, que fue reforzándose poco a poco.
Lo mismo ocurrió en la crisis de 1987. La Comisión de Investigación que investigó lo ocurrido en el mercado por encargo del presidente Reagan llegó a hablar de una burbuja negativa, en la que se produjo una retroalimentación de las pérdidas.
Este mecanismo deja, de nuevo, una conclusión de fondo sobre el comportamiento humano: hay buena dosis de irracionalidad en él. La información (racional) es menos tenida en cuenta que los estados de ánimo de pánico o de euforia. Dicho de otra manera, la racionalidad, en ocasiones, pesa menos que la subjetividad. Shiller (11) afirma que detrás de cada burbuja y de cada explosión posterior hay una narrativa mediática. Así, continúa, las historias sobre cómo Internet iba a cambiar la vida del mundo dieron lugar a la burbuja de las punto.com mediante un mecanismo de “multiplicación de la confianza”. Miles de personas creyeron las historias futuristas que publicaron los medios de comunicación y compraron acciones de un futuro que quizá nunca llegaría a ocurrir o quizá tardaría muchos más años de lo previsto en materializarse. De igual modo, la narrativa de la desesperanza que se articuló más tarde es la que explica la explosión de las punto.com. Son, concluye, los estados de ánimo que generan estas narrativas los que explican los movimientos bursátiles.
Si esa dinámica de euforias y pánicos es correcta, la web y sus comunidades virtuales como Facebook, MySpace, Tuenti o tantas otras se convierten en una herramienta más importante de lo que habíamos percibido hasta el momento. La que ha sido bautizada como Internet 2.0 —basada en las comunidades virtuales y la participación activa de sus miembros sin que haya un único emisor de mensajes— puede ser la clave para explicar la conformación de estados de ánimo y de consensos más allá de una noticia en concreto. La información pasa a un nivel secundario frente a la interpretación y el modelado de acuerdos.
La nueva hipótesis, pues, afirma que los medios de comunicación sirven como mecanismos de cascada para extender consensos. Poco a poco incorporan una idea a la sociedad que —una vez que es asumida como cierta— se traslada a los precios y provoca los necesarios ajustes económicos.
Si ese argumento resulta cierto, situaciones como la recesión de 2009 pueden agravarse sólo por hablar de ellas y alimentar el consenso. Dan Ariely —el padre de la coherencia arbitraria que vimos en el capítulo 2— lleva este análisis hasta un extremo discutible pero provocador. Parte de la premisa de que “hablar de sexo hace que la gente esté más interesada en practicarlo” (12) y, a partir de ahí, establece la teoría de que la cobertura de los medios sobre las recesiones puede retroalimentarlas. Incluso cuando uno no está afectado por el frenazo económico, muchos consumidores pueden dejar de gastar porque ven alrededor un clima de mala economía, afirma. El resultado es que pueden cancelar sus gastos previstos y terminar generando una economía todavía peor. La conclusión de Ariely es que “si simplemente ignoramos lo que se publica sobre la recesión, podríamos atenuarla al mantener nuestros comportamientos precrisis”, frente a la alternativa de “comportarnos como si ya existiera una recesión y terminar creándola”. “Estaríamos mejor hablando de sexo”, concluye.
Incluso aunque se discrepe de sus argumentos desde las premisas hasta las conclusiones, éste puede ser el momento idóneo para guardar silencio y poner un punto final a un libro sobre crisis, recesiones y sobre todo anomalías económicas.
Notas
(1) Richard Pérez Peña, “Resilent Strategy for Times Despite Toll of a Recession”, The New York Times, 8 de febrero de 2009. (2) John Kay, “Why the Crisis Was So Unexpected? Because People Ignore Predictions They Dislike”, Financial Times, 30 de diciembre. (3) Leeper et al., 1979. (4) Westen et al. (5) Westen et al. (6) Victor Niederhoffer, “The Analysis of World Events and Stock Prices”, Journal of Business, 44 (2), 1971. (7) Richard Roll, “The Dynamics of Stock Index and Stock Index Future Returns”, Journal of Finance, 1984. (8) Robert J. Shiller, Irrational Exuberance, Princeton University Press, 2000. (9) The New York Times y The Wall Street Journal. (10) The Wall Street Journal, 24 de octubre de 1929, p. 1. (11) Robert J. Shiller y George Akerlof, Animal Spirits, 2009. (12) “Shhh… Don’t Say ‘Recession’”, The Washington Post, 16 de marzo de 2008. Extracto de la obra Psiconomía (emociones que cuestan caro). Aguilar, 2009
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